Hace muchos años, cuando era chico me inculcaron mucho la lectura, mi mamá y mi papá, ambos lectores voraces, recuerdo bastante ñas "tertulias" matutinas de lectura en voz alta antes de dirigirme a eso otro lugar donde olvidaría todo lo que acababa de leer. Coleccioné toda las ediciones de Torre de Papel: Nuestra aventuras en la cueva, Mi amigo el pintor, Urra! Susanita ya tiene dientes, Aventuras de un niño de la calle, ja! y Solomán, que para cuando lo requirieron en el colegio, yo ya lo había leído y había hecho un resumen, (que ñoñazo). Para ellos son tan importantes los libros que en nuestro segundo habitáculo, en Villavicencio, él diseñó una biblioteca enorme, tan bien planeada que habían dos secciones, una para él y otro para ella. La habitación tenía una iluminación preciosa, la adecuada para una lectura favorable, que no implicara daño alguno para la visión (siendo ambos bien miopes). Ese lugar fue escenario de muchas reuniones, tertulias de verdad, y ya terminando nuestra historia allí, fue la que presenció el anuncio de su divorcio.
Una vez viviendo en Pereira, no me motivé mucho por la lectura, conocí la televisión por cable y ese fue el fin. Cambié la fantasía de la imprenta, por las acartonadas versiones de las maquilas audiovisuales importadas de lugares inoficiosos. Tardes enteras, perdidas entre esos paisajes catódicos insoportables que me causaron, además de un sedentarismo terrible, (en Villavicencio practicaba tres deportes diariamente y hoy trato de compensar con cortas pero constantes jornadas a la oficina en bicicleta), un déficit de atención que incluso hoy me impide concentrarme en una cosa a la vez.
Pero hoy, luchando contra el síndrome, el sedentarismo y ahora contra este maldito esperpento digital, vuelvo a él para reencontrarme con ese ser genial e inteligente de mi infancia y además, porque ya es hora de empezar a crear algo así como una hermenéutica a la que pueda consultar en los afanes de los días por venir.
Es así que abro mis puertas para cualquier sugerencia, la que sea, novelas, ensayos, literatura universal y latinoamericana, incluso, y ojalá no me muerda la lengua, libros de autoayuda que inciten a escribir el guión de mi vida y pavadas de esas, mejor dicho, lo que sea para hacer de esta cruzada lo suficientemente provechosa y así evitar que se me pase más el tiempo sin posar los ojos sobre esas letritas negras de imprenta que tantas vidas han cambiado.